
Antes de 1949, Mao Zedong quería para China una democracia popular, pero, poco después de alcanzar el poder, giró hacia un nuevo concepto: una dictadura democrática del pueblo. Y, sólo tres años después, una nueva vuelta de tuerca llevó al gigante asiático a vivir bajo la bota de la llamada dictadura del proletariado durante 25 años más. Así hasta el año 1978, cuando Deng Xiaoping impulsó las reformas y la economía de mercado.
Seis décadas después, la pregunta resulta obligada: ¿cuál será el modelo de la China que pretende ser potencia hegemónica? Su experiencia en la órbita del Partido Comunista Chino lleva a Sidney Rittenberg a creer que el partido único acabará eligiendo a sus miembros por elección democrática desde dentro, y no de arriba a abajo. "Cuando esto ocurra, estarán en disposición de crear un sistema político democrático a la china", vaticina.
El cambio democrático es vital, según el académico Zhang Ming, porque los desequilibrios actuales y el poder que tiene la clase política sobre los ciudadanos sólo cambiarán cuando el poder emane del pueblo y no del PCCh. "La democracia no tiene que ser como la occidental. Hay que articularla a través de los valores asiáticos", advierte. Sin embargo, más de 30 años después de la apertura económica, la reforma política y la democracia no sólo siguen pendientes en el país, sino que tampoco se divisan en el horizonte inmediato.
Daniel Bell, académico y autor del libro El nuevo confucianismo de China, pone sobre el tapete un posible escenario de futuro que él mismo califica de optimista. "El espíritu pragmático inspirará la reforma política. Habrá en China una mezcla entre democracia y meritocracia. Ésta jugará un papel muy importante en el futuro", apunta.
Zhang Ming no concede tanto crédito a los líderes comunistas. "No tienen ideología, sólo creen en el materialismo. Y sólo les interesan dos cosas: un país estable y ganar dinero", destaca. En ese estado de cosas, el escenario alternativo al descrito por Bell es, desde luego, que la inestabilidad de naturaleza social acabe, eventualmente, de un modo u otro con el status quo actual.
En cualquier caso, Bell no tiene duda de que el desarrollo futuro de China estará muy vinculado al confucianismo y a los va- lores asiáticos, desde la cultura del trabajo duro y la responsabilidad social, a la armonía y el ahorro para las generaciones futuras. "Japón, Taiwán, Corea del Sur y Hong Kong evolucionaron y se desarrollaron en base al confucianismo", explica el académico a elEconomista.
La tradición jugará un rol muy importante en el gigante asiático, asegura. "Puede ser el hilo conductor de la nueva China", insiste. Y ello porque, según Bell, China no podrá construir su poder blando como gran potencia mundial únicamente con fabulosas inyecciones de dinero e inversiones. Hará falta apelar a la mo- tivación. "El confucianismo está muy próximo al soft power y la facción más joven del Partido Comunista Chino está muy comprometida con ello, con esa filosofía", concluye Daniel Bell.